viernes 19 de septiembre de 2008



Se reúnen para volver a espiarse. El mayor propone reglas: 1) clausurar los momentos que no encuentran ni siquiera una diferencia de postura en los demás por considerarlo intrascendente. 2) Cuando la perspectiva varíe en grados de cantidad asombrosa, tachar el hecho por considerar ambas versiones como falsas. Se precipita un murmullo monocorde, voces desarticuladas, conversaciones recortadas. Se confecciona una lista y cada uno vuelve a su puesto. Se ponen de cuclillas frente a las cerraduras de los cuartos con el ojo que mira sobre la llave puesta.

Escupe en bocado en su mano y lo esconde entre el short y la remera. Le queda el paladar pegajoso con sabor a raviol rancio. Sabe que el plato tiene que reducirse al menos hasta la mitad. “Medio plato por lo menos”. Repitieron la frase varias veces. Al menos si no le causara arcadas. Su mamá los hace de otra manera. La casa también huele diferente. Le da impresión la textura de las cosas. Los vasos son rugosos y los labios no pueden adherirse nunca por completo. Se escurren chorritos de jugo por entre los poros del vidrio. Caen en la remera naranja, al menos naranja… naranja sobre naranja no se nota.
Se pregunta qué pasará cuando se levante de la mesa y caigan los ravioles como panes del cielo.


En esa foto aparecemos todos, tenemos entre ocho y trece años. Mi hermana con un vestidito fuxia a lunares, muy liviano y mi hermano con una chomba marroncito claro con cuello. Yo estoy trepada sobre el borde de un sillón de jardín, de esos que se balancean duramente solo si uno hace fuerza, agarrada un poco de ellos dos haciendo equilibrio, con una malla negra de baile, despeinada y descalza, mirando a la cámara de una manera exagerada. Todos parecemos mirar igual.
El está detrás de esa foto, vigilando esas miradas que tratan de atravesarlo.


El niño juega alrededor. Su voz es onomatopéyica. El viejo se hamaca con el libro en la mano y queda dormido a mitad de la frase. En pocos minutos ronca. El niño sigue dando vueltas a la silla, choca sus muñecos contra el zapato gomicuer de los 60 que ahora es un fuerte que esconde soldados. Una guerra entre pie y pie, que siguen duros como piedras de esa montaña que el niño imagina. El viejo duerme un sueño que lo vuelve un desierto.


El padre descansa. Su mano cuelga de la cama, pesada, como la de un soldado abatido. Un ventilador arroja el viento que empuja el borde de la sábana hacia arriba, logrando que flamee sin tocar la colcha. El ruido propio del aparato permite al niño moverse sin molestar a pesar de parquet que cruje. La pelota con la que juega rueda debajo de la cama, se desliza esquivando el brazo colgante y va demasiado lejos. Queda del otro lado, cercada entre el globo provocado por peso del cuerpo del padre sobre el elástico de la cama y el brazo que impide maniobrar.
Ahora la cama es un océano, y la siesta el tamaño del abismo.


Una pileta de lona pequeña yace sobre el césped verde de la casa. Es rayada azul y blanca, hinchada por el peso del agua. La cubre un bote rojo que ocupa casi toda la superficie, como si fuera gigante o existiera cierta desproporción. Un movimiento pequeño, como el de una ola que desaparece, hace que el agua rebalse a un ritmo pausado. Al costado, sobre el pasto, una pelota fofa, medio desinflada se calienta al sol que incendia la siesta.
Todos duermen, salvo la cabecita que asoma apenas por encima del agua por uno de los bordes.


Se chocan. El tiene los ojos llorosos y la mirada perturbada. Ella le pregunta qué le pasa y enseguida le dice “antes de decirme nada atate los cordones”. Él se los ata sin soltar el billete que tiene en la mano, pero no habla, su mirada es un estanque de agua oscura. Le acaricia la cara, le acomoda el pelo, le dice ¿a dónde vas? Contesta: a una pizzería, pero me perdí. La avenida Maipú está más desolada que de costumbre, ella le da la mano y comienzan a caminar a ver si reconoce la casa donde lo espera el padre. Compran la pizza y encuentran la casa. Le pide que no diga nada, entra solo.
Ella queda mirando el timbre del departamento como si tuviera un cuchillo en la mano.

Se concentra un momento. Contiene la respiración y dispara. Las hojas de los árboles suenan como en los días de lluvia. Un viento errado avisa el golpe seco contra el piso. La tierra húmeda no deja levantar polvo. Los pasos se escuchan rápidos y arrastrados hasta detenerse. El rifle tibio se apoya junto a una de sus rodillas en el suelo y extiende las dos manos para tomar el cuerpo muerto de la paloma. Tiene las plumas alborotadas y un ala cae tiesa sobre uno de los costados. El niño la mira.

El grito de su nombre no acaba, la última “o” va barranca abajo. Responde el silencio pelado. Un invierno desabrigado quema los bordes de sus labios. A 50 metros se esconde debajo del puente que atraviesa el arroyo. No contesta, no dice nada. Tiene las rodillas enterradas en el pecho, los brazos rodeándolas y la pera apoyada en el hueso más duro de la pierna. La voz se aleja, ahora esta a más de 100 metros, y su nombre se vuelve pequeño y lejano. El sonido del agua lo acuna hasta quedarse dormido.


Esta debajo de la mesa, admirando la constelación de chicles que forman la imagen de un monstruo. Se escuchan el batir de las cortinas del patio por el viento. El alambre que las sostiene hace muchísimo ruido. Es casi tan molesto como el aire caliente que se estanca en los aros de su cuello. Ella es tan pequeña que no se asoma ninguna de sus partes. Entra completa debajo de la tapa de la mesa. Suena el teléfono tantas veces que asusta la insistencia. Nadie parece escuchar el ring. Desde el patio, se escucha un grito hinchado y persistente.